Por qué Mariano Rajoy y Albert Rivera se equivocan al apoyar el himno de Marta Sánchez

Escrito a las 10:00 am

El apoyo que han dado el presidente del Gobierno Mariano Rajoy y el dirigente de Ciudadanos Albert Rivera a la letra que ha puesto Marta Sánchez al himno español es una proclamación política coyuntural que no beneficia a la convivencia de los españoles. Un himno debe reflejar el proyecto de país, los valores de una nación. Y la letra de la ex componente de Olé Olé no lo es. Se trata de una manifestación oportuna y superficial. Y tanto Rajoy como Rivera han aprovechado la ocasión para fomentar la emoción y, con ello, la confrontación.

Nuestros representantes deberían enfocarse en solucionar lo importante en vez de ocuparse de que el himno tenga letra o no. Y los problemas que preocupan a los españoles ahora mismo son el paro, que llega al 17 por ciento en la última encuesta de población activa, o la pobreza que afecta a 13 millones de personas.

Incluso si nos metiéramos de lleno a analizar los versos de Marta Sánchez, tampoco encontraríamos en ellos un sentimiento en el que puedan reflejarse todos los españoles.

La letra reza así:

“Vuelvo a casa, en mi amada tierra, la que vio nacer mi corazón aquí. Hoy te canto para decirte cuánto orgullo hay en mí, por eso resistí. Crece mi amor cada vez que me voy, pero no olvides que sin ti no sé vivir. Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón y no pido perdón. Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, honrarte hasta el fin. Como tu hija llevaré ese honor, llenar cada rincón con tus rayos de sol. Y si algún día no puedo volver, guárdame un sitio para descansar al fin”.

A priori no parece haber ningún problema si pasamos por alto que el diez por ciento de la población española -más de cuatro millones de personas- es inmigrante. Es decir: no nacieron aquí.

Aunque el detalle pueda parecer superfluo –mera licencia artística-, no lo es cuando los mayores responsables de un país multicultural receptor de millones de extranjeros abanderan esta expresión como himno nacional. En primer lugar porque defiende una actitud pasiva del hecho de ser español. Llevar la rojigualda pasa a ser accidental. Es tan fortuito como si una pareja francesa en tránsito a Casablanca debe parar en Ciudad Real porque la mujer se pone de parto y el pequeño gabacho nace en tierra manchega. Podrá ser registrado como español, pero el sentimiento nacional va más allá de la tierra  que nos ve nacer. Es una idea, un compromiso social, una defensa común de valores.

El gobierno no ha logrado definir aún un proyecto identitario que brinde paz y estabilidad a España. Por lo que nuestro presidente debería centrarse en conseguir esa unidad en lugar de aprovechar cualquier expresión peregrina de patriotismo para hacer gala de orgullo español. Todo político debe trabajar su marca personal y el primer paso es tener un mensaje claro. La letra del himno es mera anécdota. Podemos seguir viviendo sin ella, pero no sin un plan que garantice la convivencia.

Primero la convivencia, luego el himno

Los estadounidenses, por ejemplo, tienen este concepto muy claro. Así lo demuestra la oda a su bandera que encarna sus valores como país:

Luego conquistar debemos cuando nuestra causa sea justa

Y este sea nuestro lema: «En Dios está nuestra Confianza».

¡Y la bandera tachonada de estrellas triunfante ondeará

Sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes!”

Lo suyo siempre ha sido la conquista y la libertad, “el rojo fulgor de cohetes y las bombas estallando en el aire”. Es un canto a la guerra que les otorgó la independencia.

Los franceses, por su parte, son de naturaleza apasionada y basculan entre el amor y la guerra. La letra de su Marsellesa, escrita por el capitán de ingenieros cuando París decretó la guerra a Austria en 1792, es una arenga militar que ha sido criticada por su violencia y el racismo implícito de la expresión “sangre impura”.

¡A las armas, ciudadanos!
¡Formad vuestros batallones!
¡Marchemos, marchemos!
¡Que una sangre impura
inunde nuestros surcos!

Y los ingleses son pura sutilidad. En el God save the Queen, escrito por John Bull en 1720, no hay rastro de sangre. Como mucho se atreve a desear que “los enemigos caigan” y que Dios “confunda sus políticas”.

El himno de España, como sabemos, solo es instrumental. Y eso tampoco tiene por qué ser algo malo. Así al menos nos mantenemos en el club de las honrosas excepciones de los países sin letra, junto con San Marino, Bosnia y Herzegovina y Kosovo. La nuestra es una marcha granadera restablecida por Franco tras la Guerra Civil en detrimento del Himno de Riego. Nació con la única intención de ser un marca pasos para los infantes y Carlos III la convirtió en marcha de honor en 1770.

Los intentos por ponerle letra han sido muchos y todos infructuosos: desde Eduardo Marquina durante el reinado de Alfonso XIII hasta los Anteproyectos de letra para el himno nacional (con perdón) que publicó Joaquín Sabina en la revista Interviú.

Quizá el intento que más lejos ha llegado fuera el del Comité Olímpico Español (COE) cuando en 2007 puso en marcha un concurso de ideas destinadas a ser interpretadas por Plácido Domingo en la gala anual. Entre los centenares de propuestas ganó un parado de 52 años nacido en Granátula de Calatrava. Pero la letra se filtró antes de tiempo y suscitó una polémica  tan encarnecida que el COE tuvo que enterrar la propuesta.

Ya nos lo avisaba el canciller Bismark en una ocasión: “España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido”. Nuestro país está abonado a la polémica, a la diversidad de ideas, diría un diplomático. Por eso consensuar una letra para el himno no ha sido ni será tarea fácil. No es una cuestión de rima o métrica, ni de la musa que visitó a Marta Sánchez en su lecho de Miami. Se trata de encontrar una idea común con la que se sientan identificados todos los españoles, hayan nacido aquí o en Kuala Lumpur. Por ello los políticos deberían ser más cautelosos a la hora de apoyar ideas peregrinas que no se han cotejado con la mayoría del sentir ciudadano. Para ocurrencias de letra del himno ya existen muchas en los campos de fútbol, y más aplaudidas, pero no por ello legítimas.

Dejemos hablar a los españoles que, por el momento, parece que lo prefieren sin letra. O al menos, sin esa.



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