Educar en la esencia para vivir en un mundo incierto

Escrito a las 10:58 am

El pasado 19 de noviembre, este artículo apareció publicado en el Diario de Cádiz, como parte de un especial del 125 aniversario mi colegio, el San Felipe Neri de Cádiz. Para mí es un orgullo colaborar con la celebración, ya que los valores y principios que el centro me transmitió me han acompañado toda la vida y están en la base de mi pensamiento.
Os invito a leer y compartir conmigo vuestras opiniones sobre un tema que me toca cada vez más de cerca: ¿cómo debemos educar a nuestros hijos?


Vivimos en un mundo sobresaturado de información, de desinformación y de ruidos. Un mundo incierto en el que cada día aparecen nuevos puestos de trabajo, estilos de vida, avances médicos, tecnologías, conceptos, palabras, modas, teorías. ¿Cómo reaccionar? ¿Cómo educar a nuestros hijos para que sepan distinguir lo verdadero de lo falso, lo superficial de lo auténtico?

Ante tal avalancha de cambios, lo normal es que nos abrumemos. Solo después, cuando nos damos cuenta de que no podemos asimilarlo todo solo, buscamos consejo para distinguir el grano de la paja. Este es un proceso de lo más natural: de niños preguntamos mucho, queremos entenderlo todo y recurrimos a nuestros padres y a nuestros maestros. Contamos con expertos en los que confiamos, adultos que saben, o que intentan lo mejor que saben, guiarnos para que aprendamos a responder nuestras propias preguntas.

Al hacernos mayores solemos perder la capacidad de preguntar. Y, sin embargo, necesitamos maestros y referentes tanto o más que en la infancia, ya que nos enfrentamos a decisiones cada vez más complicadas: ¿Qué coche es más adecuado para mi familia? ¿Ha llegado la hora de cambiar de trabajo? ¿Cuál es la mejor hipoteca? ¿Es el momento de tener un hijo? ¿Cómo debería educarlo?

Necesitamos a expertos que nos ayuden y referentes en los que podamos confiar, pero cada vez se nos hace más difícil dar con ellos. Quizá porque en el mundo de la comunicación digital hay poco espacio para el pensamiento crítico y demasiado para el análisis efectista: cuanto más rápido y más ingenioso eres en Twitter, más éxito inmediato tienes.

“Inmediato” es una palabra clave del mundo de la revolución digital en el que estamos inmersos. Queremos todas las respuestas ya, como las queríamos de niños, pero en lugar de acudir a expertos, estamos convencidos de que todo está en Google. Qué gran error.

No debemos caer en la trampa de las explicaciones fáciles y superficiales, sin recorrido a largo plazo. Debemos levantar la vista y mirar más allá de la apariencia, de lo efímero, en busca de lo que es esencial y duradero, lo que realmente nos pondrá en el camino de encontrar nuestras propias respuestas.

Si todos aportásemos lo mejor de nosotros mismos, si todos fuéramos conscientes de aquello que se nos dan bien y fuéramos capaces de transmitirlo a los demás, conseguiríamos mejorar la sociedad en la que vivimos: en lugar de basarse en lo inmediato, esta sociedad se basaría en lo que cada uno puede aportar para mejorarla.

Como mi abuelo y como mi padre, tuve la suerte de estudiar en el colegio San Felipe Neri, en Cádiz, y los valores de la pedagogía de los Marianistas ha determinado mi forma de ser y la estructura de mi pensamiento. En una cultura de evasión de uno mismo nos inculcaron la importancia de cultivar el crecimiento interior y ser capaces de reconocer nuestras virtudes y limitaciones. Nos enseñaron a tener una mirada crítica y saber que lo que realmente importa no es tener y consumir, sino ser y crear.

Esos valores me han guiado durante toda mi vida y han sido la inspiración para crear propia empresa. La base de mi modelo de negocio y de mi trayectoria profesional está en ayudar a otros a identificar lo mejor de sí mismos y a desarrollar y amplificar su pensamiento para que puedan, con sus palabras y acciones, inspirar a otros e impulsar juntos el progreso de la sociedad.

Los estudiantes de los colegios marianistas recibimos de nuestro fundador Guillermo José Chaminade, muy presente en las aulas, un estilo de vida y pensamiento integral que se caracteriza por la adaptación al cambio, la formación en la fe y en el espíritu de familia en el más amplio sentido de la palabra. Educar no es sólo instruir, va mucho más allá de transmitir y memorizar conocimientos. Educar es construir un entorno en el que los alumnos puedan desarrollar todas sus capacidades.

Una educación adaptada a la sociedad del siglo XXI no puede perder de vista esos valores. Tiene que llevar a los alumnos a ser fieles a su propia esencia, a sus intereses y talentos, y a profundizar en algún campo para destacar en él. Sin embargo, no debemos olvidar que la superespecialización tiene el enorme riesgo de dejarnos sin entender nada fuera del área en la que se ha profundizado, es decir, susceptibles al engaño.

Así que también debemos fomentar en los jóvenes el pensamiento crítico. La comunidad educativa en conjunto debe procurar que las nuevas generaciones aprendan a distinguir a un charlatán de un sabio, un diletante de un experto, una noticia contrastada de una fakenews, una investigación rigurosa de un análisis tergiversado, un montón de palabrería de una idea realmente transformadora; en suma, enseñarles a identificar lo importante y a rechazar las explicaciones fáciles, lo superficial.

El tipo de educación que recibirán las generaciones futuras será crucial para que se orienten en un mundo cada vez más complejo y saturado de ruidos. Por eso es fundamental educar desde la esencia, desde unos valores claros que lleven a la reflexión, al autoconocimiento y al deseo de hacer de nuestro mundo un lugar mejor.

Publicado el 19 de Noviembre de 2017 en el Diario de Cádiz



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